
Por mucho que la gente diga que a veces detesta la intriga, le está mintiendo a su interior. Porque nuestra mente empieza a derrochar imaginación, y nos sumergimos en un mundo de posibilidades remotas donde nosotros mismos somos los que controlan qué podría ocurrir. Se genera una emoción inexplicable y la adrenalina empieza a correr por nuestras venas a la velocidad de la luz.
Y llega el final, donde nuestra historia puede dirigirse a el más horrible desenlace o al más maravilloso e irreal. En cierto modo, depende de nosotros, de nuestra forma de ser o de pensar en el tiempo que vivimos en ese preciso momento. Y es ahí cuando más nos alejamos de la realidad, porque no logramos encagarla en ninguno de nuestros pensamientos.
Que ocurra o no lo que imaginamos en los momentos de intriga es otra cosa.
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