Astros del Universo

Pensamientos que terminan en este blog

viernes, 24 de febrero de 2012

Relato 3: Extraño mundo



Camino por la calle tranquilamente. Miro a mi alrededor, escrutando cualquier rincón que despierte algo de curiosidad en mi interior. Por eso mismo, mis ojos no dejan de moverse hacia todas partes. La mayoría de las fachadas de las casas que se alzan a mis costados son de un color mostaza oscuro. Me doy cuenta de que acaba de salir una mujer de una de esas casas. Lleva un vestido blanco hasta las rodillas, y una diadema azul sobre su rizado cabello, que tiene el mismo color que el de las fachadas de los hogares. Sus ojos se posan en los míos. El color de su iris es de un profundo azul tirando al verdoso camuflaje. Tras sonreírme y saludar, se aleja. Tiene prisa.

Al quedarme solo de nuevo, retomo mi trabajo. Los marcos de las ventanas son de un amarillo intenso. En un balcón me encuentro con un par de macetas, cuyas envuelven la tierra que alimenta a unas grandes y lustrosas flores casi negras que crecen hacia arriba con la sencillez y belleza de la naturaleza. Eso me recuerda a mi madre. Ella tiene muchas plantas repartidas por la casa. Aunque la verdad, la flora nunca me ha llamado especialmente la atención. Todos dicen que es muy especial, que tiene una gran explosión de colorido. A mi parecer, no lo encuentro tan exagerado. Bueno, será que soy raro.

Un grupo de jóvenes pasa por mi lado. Me miran extrañados, y algunos sueltan risitas por lo bajo. Sé que mi inmensa curiosidad por lo que me rodea me hace parecer algo gilipollas, pero no me importa. ¿Por qué me tendría que importar?

Decido avanzar un poco más, salir de esa calle y dirigirme al puerto. Adoro el olor del mar y el sonido de las olas. Me relaja...

Al llegar a mi destino, me detengo y opto por sentarme en el borde de piedra. Siempre lo hago. Es una manía que tengo desde pequeño, y dudo que algún día se me pueda quitar. Ya me veo cuando sea un anciano y venga de paseo hasta allí con bastón y gafas, me siente en el mismo sitio que ahora y recuerde este día; el día que me planteé todo ello.

Observo el mar y respiro hondo. Su color sí que es especial. No lo veo muy a menudo, y por ello me gusta. Allá a lo lejos logró descubrir algunos barcos que avanzan lentamente. Miro a mi izquierda y me encuentro con el puerto de maderas amarillas, casi iguales que los marcos de las ventanas. Hay varias barcas amarradas a él mediante cuerdas del mismo color. Hace un gran contraste con el mar.

Sobre el puerto veo caminar a un marinero, con su típica camisa a rallas blancas y azules, y sus pantalones anchos. Su piel amarillenta se ve arrugada, y su cabello blanco afirma que ya es muy mayor. Alrededor de su cuello lleva atado un pañuelo color mostaza. Me saluda con la mano y me sonríe. Pero él también tiene prisa, porque enseguida se mete en su barco. Seguro que tiene que partir enseguida. Siempre lo hace a la misma hora, cuando yo estoy allí.

Noto algo que me toca por detrás. Giro la cabeza y me encuentro con los ojos de un hermoso perro negro. Sonrío y lo acaricio, como siempre. Él se tumba a mi lado y se queda observando el horizonte. Ese perro siempre está allí, y nos caímos bien mutuamente desde el primer día que nos conocimos, hará unos cinco años. La verdad es que es un animal viejo. Es posible que enseguida le llegue su hora.

Al sentir que lo observo intensamente, el perro gira su peluda cabeza hacia mí. Sus blancos ojos se quedan mirando los míos. La verdad es que en eso nos parecemos: los dos tenemos el iris blanco. Pero yo no tengo un pelaje negro cubriendo todo mi cuerpo; mi piel es amarilla, como la de todos.

Las campanas de la torre retumban por el pueblo. Hoy me he entretenido mucho, y no he podido disfrutar de una larga jornada sentado junto al mar.

Resignado, me levanto. El perro me gime, implorando. Yo le niego con la cabeza y me alejo enseguida. A mí también me da pena separarme del pobre y viejo animal, pero no tengo más remedio. Tengo que irme a casa.

A veces me gustaría saber el color exacto de las cosas, los colores que ven las personas normales. Pero lamentablemente, no puedo.

Soy daltónico.


Ana.

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