
Justo entonces llegó el tren. Una de sus puertas se detuvo delante de mí, y en cuanto esta se abrió, me afané en adentrarme al vagón. Dentro había mucha gente que volvía a casa después de otro duro y aburrido día laboral. Tuve que aferrarme a una de las barras, pues no encontré asiento libre por ningún sitio. Fue entonces cuando me percaté de la mirada de un hombre. Lo hubiera ignorado por completo, como tantas otras veces había hecho con esa gente que posaba sus ojos en mí preguntándose dónde me había visto anteriormente, pero en ese caso todo fue diferente. Mis ojos se posaron en los suyos, verdes amarronados. En aquel mismo instante, el mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor, como si danzara sobre las estrellas. El ensordecedor pitido que avisaba a los pasajeros de que las puertas se cerraban, pareció lejano a mis oídos. La vista se me nubló a causa de las lágrimas que estaban a punto de salir. No podía evitarlo.
Sus labios pronunciaron mi nombre con cierta incredulidad y un atisbo de duda. Estaba claro que Él tampoco se creía lo que estaba ocurriendo.
Mi cuerpo se tiró sobre sus brazos involuntariamente. No me cabía duda. Era Él, lo había encontrado. Sí, al fin reconocía que había estado buscando ese momento desde que me mudé a aquella ciudad.
"Estúpida", me dije. "¿Cómo pretendías olvidar todo tu pasado así, sin más? Eres una ingenua".
Ana.
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